Educando

Ayer fui con mi mujer y dos de nuestras hijas a jugar a padel. Nada más entrar en la pista, le dije a mi hija pequeña que se pusiera por favor la gorra. En Miami sigue haciendo mucho calor y el sol golpea con toda su energía cuando menos lo esperas.

Ella, que es muy preadolescente y lo sabe todo, me dijo que prefería no ponérsela porque le molestaba.

Le insistí varias veces… pero nada! Terca como una mula, optó por jugar sin cubrirse su preciosa cabellera rubia.

Así que a los 30 minutos, pasó lo que tenía que pasar. Con la cara del color de un estropajo, salió de la pista dando tumbos con ganas de vomitar y mareada apunto de desmayarse.

La llevé rápido al aire acondicionado del coche. Un poco de agua, pies en alto y volvió a ver la luz.

La noche anterior estuvo presionando con el horario de regresar a casa. No entendía los peligros, explicaciones y advertencias relativas a esas horas que no son apropiadas para una niña de su edad.

Ya de regreso a casa y después del vahído, le pregunté: ¿te acuerdas lo que mamá y yo te explicábamos anoche de por qué es conveniente regresar a la hora que te indicábamos?

“Sí”, respondió

“Pues mamá y yo somos la gorra con la que hoy no te has querido proteger”.

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